Necesito hacer un paréntesis personal. Cuando era niña me encantaba encerrarme en mi recámara para jugar en los mundos imaginarios que yo inventaba. Conforme fui creciendo, el espacio de redujo hasta que ya no podía correr de los monstruos ni podía pelear con las quimeras, mucho menos salvar a mi príncipe ni derrotar al hechicero malvado. Sin embargo, de tanto ejercitarla, mi mente estaba llena de universos que se multiplicaban imparables. La única solución que encontré fue plasmarlos en papel. Empecé con cuadernos viejos de la escuela, los años trajeron las computadoras y mi tarea se hizo más sencilla. No podía detenerme. Si mis tendencias literarias fluyeran hacia el realismo mágico, escribiría que los cuadernos se acumularon hasta el techo, taparon las ventanas, fueron sustituyendo cada mueble de mi casa y que al final ya nadie construía con ladrilllos sino con mis cuadernos. Por fortuna, mis letras siempre están rociadas con sangre, así, diré que escribir se convirtió en una obsesión, me era más necesario que el agua, sentía que si me detenía, mi cabeza explotaría en fragmentos parecidos al aserrín. Un día me enteré que existía la Escuela de Escritores, ¿qué más podía pedir? Hice el examen y me aceptaron, ése fue uno de los días más felices de mi vida. En ese lugar explotaron mis habilidades al máximo, me dolían los dedos y las muñecas de tanto escribir. De ahí, estuve en la universidad y salté al mundo laboral casi al unísono, casi sin darme cuenta comenzó mi etapa adulta. Lo peor es que no sé en qué momento perdí la brújula. De tanto corregir textos ajenos, de tanto escribir artículos que cuidaban más a los patrocinadores que a mi sentido crítico, de tanto manosear las palabras, les perdí el respeto y ellas me escondieron su magia, su poder creador...
Hace unos meses, mi amigo.compadre.karma, quien se dedica a escribir artículos para diversas revistas, me dijo un día que su pluma tiene la punta llena de mierda, que la tenía que limpiar antes de que la tinta también se convirtiera en mierda. En ese momento no pensé que yo estaba en su mismo caso, pero sí lo estaba. Y mucho peor, mi pluma no sólo tenía mierda, también mis ojos estaban embarrados de porquería...
"Cuando se mira de esa manera, el horizonte no existe, lo fija la mirada, es un hilo que se rompe a cada parpadeo. Ella miraba fijamente la línea que el cielo y el mar comparten durante el día, la orilla que pierden cuando llega la noche a unir en secreto todas las telas. Ya en la oscuridad, era una línea de estrellas la que sus ojos fijaban, una línea clara reflejada a lo lejos sobre el agua". Los nombres del aire de Alberto Ruy Sánchez.
Ésas son las palabras que me despertaron de mi letargo, las que avivaron el fuego de la creación, las que me recordaron quién soy en realidad, las que abrieron de nuevo el flujo de mi alimentación literaria, las que restauraron la ética y limpiaron la vulgaridad del manoseo. Yo soy una contadora de historias, nada más.


6 Comentarios:
Siempre es emocionante verse al espejo y encontrarse redescubierto, son nuevos bríos y la aguja parace indicar claramente el sentido de los pasos. Saludos.
Supe que andas tapadísima de chamba.
Te mando un abrazo y parte de mi fuerza, ojalá te sirva.
querida Banyan, paso a dejarte saludos y un abrazo...
animo, y que la fuerza te acompañe...
Un abrazo, Eugenia, después de mucho de no venir. Te dejo invitación a la nueva bitácora.
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