Sólo una boda y un funeral
No siempre pasa que los amigos de nuestros amigos se convierten en nuestros amigos, a lo más sucede que se forman buenos grupo de fiesta. Con Cyn me pasó lo improbable, ella era amiga desde la primaria de Ime, mi amiga más antigua. Seguramente nos conocimos en un cumpleaños, eso no lo recuerdo con exactitud. Sólo me acuerdo de la borrachera que nos pusimos las tres en una fiesta de disfraces (a la que las mujeres sólo podían ir de gitanas o cabareteras) con gelatinas... sí, leíste bien. Nos emborrachamos con las gelatinas que hizo Cyn con generosas dosis de tequila, jerez, whisky, vodka y ron. Fuimos la botana de la noche, tres gitanas borrachas que no paraban de reírse ni de bailar.
Años después fuimos a Tepoztlán a otra fiesta y al día siguiente nos pareció buena idea unirnos al grupo de los que escalarían un cerro, lo que resultó ser la peor elección que hemos hecho. El guía resultó ser un remedo de explorador, que nada más nos perdió, nos cansó y nos llevó al límite de nuestras capacidades físicas... yo acabé deshidratada y Cyn me ayudó a recuperarme.
Cyn, Ime y yo nos frecuentábamos tanto como podíamos. Nos juntábamos en casa de la primera para platicar durante horas y tomar capuccinos caseros, deliciosos. Era muy divertido espumar la leche y luego poner la cantidad exacta de café.
A finales de 1999 se presentó la oportunidad para que Cyn y yo fortaleciéramos nuestra amistad. La Universidad Nacional Autónoma de México (donde yo estudiaba filosofía) estaba en huelga estudiantil y eso me dejó desocupada. Esta situación coincidió con que la mamá de mi amiga necesitaba con urgencia a alguien para que la ayudara en una agencia de viajes que estaba a su cargo. Sin pensarlo, acepté la oferta pese a lo pequeño del sueldo (claro, que ahora ya quisiera dos mil pesos exclusivamente para cumplir mis caprichos). En fin, yo iba a trabajar dispuesta a aprender un nuevo oficio, no esperaba que mi jefe fuese un patán, pero tampoco esperaba que mi amiga fuese por lo menos tres veces a la semana a ayudarnos. Como ella había estudiado en Estados Unidos, se encargaba de los viajes internacionales y me motivaba para que hablara en inglés. Como había poco trabajo, más bien nos la pasábamos platicando. Al final de cuentas, sólo aguanté dos meses porque amenazaron con dejarme encargada del changarro para que mi jefe se fuera de vacaciones y, de paso según el, a una convención de no-sé-qué por un mes. Ya cuando regresara me mandarían a cursos de capacitación para que me fogueara... lo cual obviamente no me hizo gracia. Además, los clientes principales (casi únicos) eran los altos ejecutivos de la empresa inmobiliaria de la que dependía la agencia, quienes eran tipos engreídos y petulantes, con los cuales me la pasaba discutiendo y por supuesto detestaba. Antes de renunciar hablé con Cyn y me apoyó, hablé con su mamá y la señora no sabía de los planes perversos de su empleado... supongo que destapé una cloaca, pero en fin... De esa experiencia aprendí varias cosas y quedé más unida a Cyn.
Otra reunión memorable fue cuando se casó la mamá de Ime, de nuevo las tres nos la pasamos bailando y riendo, pero como no había gelatinas, pues permanecimos sobrias.
Luego vi de nuevo a Cyn en un cumpleaños de Ime al que había que ir disfrazados (yo fui de Muerte, la hermana de Sandman, pero los incultos no sabían quién era, en fin...). Tiempo después me enteré que Cyn tenía cáncer y por un tiempo sólo pudimos vernos en su casa. Superada esa enfermedad comenzaron las crisis de ansiedad y las depresiones. Cyn comenzó a aislarse de todos.
La última vez que vi a Cyn con vida fue en casa de Ime y entonces platicamos como si el tiempo no hubiese pasado... De ahí viene un corte abrupto a la llamada que me hizo Ime el jueves: Sólo al escuchar su voz supe que algo irremediable había pasado... Cyn estaba muerta. Así, sin preámbulos, sin explicaciones. Tan pronto como pude (que no fue tan rápido como hubiera querido) corrí a la funeraria para llorar por la pérdida de mi amiga. Ime y yo lloramos abrazadas, ¿qué más se podía hacer? Estaba el ataúd abierto, al verlo supe que debía ir a despedirme por última vez y así lo hice. Egoístamente no quería quedarme con un mal recuerdo de mi amiga, pero ahora sigo el camino de la intuición y lo agradezco. En lugar de la cara contraída por el dolor me topé con un rostro sereno y hasta estaba insinuada una sonrisa en los labios de Cyn. Se me acabaron las lágrimas, me invandió una alegría muy extraña, mezclada con la certeza de que ella estaba bien. Fue como si la muerte me contagiara su paz. Después me enteré que Cyn llevaba tres intentos de suicidio; la última vez que lo intentó fue con pastillas, pero lograron salvarla. Y justo al día siguiente de que salió del hospital le dio un paro cardiaco y todo terminó para ella.
Sirvan estas letras como pálido tributo a Cynthia Mora Franco, que los dioses le permitan una reencarnación más luminosa.
1 comentarios:
¿La hermana de quién?...
JAJAJAJAJA
Publicar un comentario