jueves, junio 17, 2010

Salí con mi hijo al medio día para ir al Bosque de Chapultepec; nuestra intención era llegar hasta el Zoológico. El primer obstáculo fue que los semáforos de Constituyentes no funcionaban. Tuvimos que correr para esquivar a los cafres. ¿Por qué no nos dejan pasar, mamá?, me preguntó mi pequeño. Contemplé diferentes respuestas, desde un frío aunque verdadero "no lo sé" hasta un discurso sobre lo mal que nuestras autoridades usan el dinero de los impuestos. Opté por decirle que las personas a veces están tan metidas en sus asuntos que no piensan en los demás. Él puso una carita de apenado y confesó: “Es que no siempre es fácil recordarlos”.

Cuando por fin entramos al bosque, mi hijo se dedicó a salirse de la ruta para recoger cuanta rama se le atravesaba en el camino. Una era una ametralladora, otra era un arco… porque él era un “avatareño” azul y estábamos en el planeta de los monstruos, ¡cuidado, un malo! Y se dio una marometa para esquivar a su depredador imaginario. A sus gritos de que huyera, le respondí que no se preocupara porque tenía un súper escudo protector. Para probarlo, él disparó una ráfaga de balas y dijo: “Wow, sí que funciona”.

Entre juegos fuimos avanzando, de tanto en tanto nos deteníamos para darle una galleta maría a alguna ardilla que se nos acercaba. Llegamos a La Fuente del Quijote, un lugar que me ha gustado desde que era niña. Es una fuente que cuenta la historia del caballero de la triste figura con imágenes dibujadas en cuadritos de talavera. A un costado hay un arroyo artificial que en esta época de calor yace estancado, aunque encantador. Estaba cubierto por una capa delgada de plantas acuáticas (eran como lirios, pero minúsculos) que mi hijo abría cada vez que arrojaba una piedra.

Entonces pasó un pájaro volando, me llamó la atención porque me pareció muy grande. Seguro era una urraca… descubrí mi error cuando el pájaro voló de regreso y pude ver con toda claridad que era un pato. ¡Un pato!, le grité a mi hijo. “Mamá, nunca había visto un pato volando” dijo él muy sorprendido. Yo tampoco. Nos sentamos para verlo, el ave trajo a un par de amigos y de pronto tres patos estaban volando frente a nosotros.

Ya se había hecho muy tarde, así que decidimos hacerle caso a los reclamos de nuestros estómagos y regresamos a la casa. No fuimos al Zoológico, pero fue mucho mejor ver a la naturaleza en acción y libertad.

1 comentarios:

Palidambar dijo...

Cuando vivía en NY, la ventana de mi cuarto (mi cuarto, que era en realidad mi universo entero ajustado en 3 x 2 metros, aprox.) daba al East River, uno de los dos rios que envuelven Manhattan.
Un día estaba leyendo en mi universo y oí algo raro... como graznidos. Cuando me asomé vi a una familia de patos que decidieron retozar ahí abajo, en la orilla del río al pie de mi ventana. Se quedaron todo el invierno y yo los saludaba cada mañana desde mi universo.
Un día, cuando el invierno agonizaba, desaparecieron. Fui triste, como Tony Soprano cuando los patos que vivían en su piscina lo abandonaron. :)